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lunes, 22 de febrero de 2010

La cartera del mono


Un buen amigo –a quien para mantener en el anonimato llamaré 'El Tony'– me contó hace unos días la historia de un experimento que pone de manifiesto, una vez más, la superioridad del mono sobre el hombre en ciertos aspectos intelectuales.
Hace unos años, en Wall Street se les ocurrió la idea de que un mono bien podría sustituir a los brokers y llevar a cabo sus tareas con mayor éxito. Así, cogieron a un chimpancé no especialmente brillante, le entregaron unos dardos y lo situaron frente a una pared en la que estaban colgadas las páginas de valores del 'Wall Street Journal'. El chimpancé dio un par de volteretas, bostezó, se rascó un sobaco y, finalmente, lanzó los dardos. Los analistas formaron una cartera con los valores sobre los que habían caído y se comparó su evolución con la de carteras creadas por prestigiosos expertos bursátiles. Por supuesto, la cartera del mono superó con creces la rentabilidad de las demás. Concretamente, el chimpancé obtuvo un 85% más de beneficio que la media de los índices bursátiles americanos durante aquel año. ¿El comportamiento de los mercados es completamente aleatorio? ¿O el mono era más listo de lo que todos imaginaban y tenía muy buena puntería? A mí me gusta quedarme con la segunda opción.

lunes, 18 de agosto de 2008

No veo, no oigo, no digo maldades


Los tres monos místicos de la tradición japonesa llevan cuatro siglos indicando al ser humano qué debe hacer para alcanzar la sabiduría: no prestar oído a las maldades, negarse a presenciarlas y, sobre todo, no decirlas. Existe un longevo debate sobre el significado real de la pose de los simpáticos Mizaru, Kikazaru e Iwazaru (pues estos son sus nombres, con un juego de palabras entre la pronunciación de "saru", que significa "mono", y el sufijo de negación "zaru"): algunos dicen que simplemente representan el miedo humano, pues adoptan las posturas de reacción primaria ante él. Pero a mí me gusta más la primera hipótesis. Me hace pensar. En el periodismo, principalmente. ¿No es tarea de los periodistas escuchar y ver lo que ocurre –en su mayoría, cosas malas– para después contarlas? ¿Nos alejaría eso de la sabiduría? ¿Deberíamos ignorar las maldades y no hacernos eco de ellas? Quizá nuestra labor como meros transmisores de información debería dejar en manos del público la toma de decisiones filosóficas: aquí está, esto ha pasado, ahora tú verás si haces algo al respecto o si prefieres ignorarlo, no ver, no escuchar... Sí, quizás sería así... si fuésemos eso, "meros transmisores de información". Pero no lo somos. Somos personas y, por más que nos empeñemos, tomamos una postura ante una información, tenemos unos criterios previos, unas nociones de lo que es más o menos importante, de lo que interesa y de lo que no. Y nos transformamos en las manos que tapan los oídos de la gente, en las manos que ciegan sus ojos, en las que taponan las bocas de aquellos cuya opinión no nos interesa. De igual forma, hay otras manos que nos tapan ojos, boca y oídos a los periodistas: las de nuestros anunciantes, las de la postura editorial del medio para el que trabajamos, las del tiempo y el espacio disponibles...
No creo que la sabiduría se alcance mediante no ver, no oír y no decir maldades. Creo que nos acercaremos a ella cuando sean las propias manos de cada mono las únicas que se posen en su cabeza.

lunes, 30 de junio de 2008

Un mono siempre funciona


La pregunta del millón que todo escritor se hace, después de "¿Cuándo ganaré dinero con esta mierda?", es "¿Cómo puedo enganchar al lector para que no forme una pelotita con un folio lleno de mis bonitas palabras o, peor aún, lo doble por la mitad (para después limpiarse el culo sin arañarse con aristas)? Respuesta corta: "Con un mono". Respuesta larga: "Con un mono y un perro".
Existen, sí, muchas teorías acerca del mejor modo de atrapar al lector: "Empieza por el hecho más triste que se te ocurra"; "Deja siempre claro que una sorpresa sorprendente aguarda al que tenga los huevos de tragarse tus 45 folios de peñazo"; "Haz referencias continuas a tipos 'cool', como House, Risto Mejide o Kung-Fu Panda"... Pero lo único que a mí consigue llamarme la atención sin excepción (porrompompón) es la aparición de un simpático simio o un intrigante can en escena.
Pero un mono no siempre tiene la apariencia que todo el mundo espera; al igual que un perro no tiene porque parecerlo. Basta con que lo sean. En este blog hablaré de muchas cosas, pero en todas las entradas podréis encontrar a ese mono o ese perro que a mí me ha llamado la atención y que espero que a vosotros os enganche (a ver si empiezo pronto a ganar dinero con esta mierda).