viernes, 6 de noviembre de 2009

Goiânia


Hace 21 años, en la calle 6 de la localidad brasileña de Goiânia, existía un pequeño depósito de chatarra al que fue a parar una máquina desechada de un instituto de radioterapia. En su interior, el dueño del depósito encontró un cilindro metálico que no dudó en abrir a mazazos. ¡En el cilindro había un polvo de un hipnótico color azul brillante! Era tan hermoso... Y si estaba tan bien guardado, sin duda ese polvo debía de ser valioso...
El chatarrero se llevó el cilindro a su casa y reunió a su familia para mostrarles su hallazgo. ¡Qué bonito polvo azul! ¡Brillaba en la oscuridad! Las mujeres y las niñas se lo pusieron sobre la cara a modo de maquillaje. La hija del chatarrero probó a echarlo sobre un poco de pan y comerlo como si fuera mantequilla. No sabían para qué servía, pero sentían que debían compartirlo generosamente con sus vecinos. De modo que lo repartieron por el vecindario.
Cesio viene del latín y significa "cielo azul". Y aquel brillante polvo azul no era sino Cesio-137, un isótopo radiactivo soluble en agua que es terriblemente tóxico aun en cantidades ínfimas. Una vez se libera en el medio ambiente, permanece presente durante muchos años y puede causar cáncer hasta 30 años después de entrar en contacto con él.
Una semana después del hallazgo del chatarrero, su mujer, alertada por la repentina enfermedad que sufrían sus vecinos y amigos, visitó al médico, y éste diagnosticó intoxicación aguda por radiación ionizante. Todas las casas del barrio fueron demolidas y todas las mascotas fueron sacrificadas. En total, 60 personas murieron, entre ellas los policías y bomberos que se encargaron de la limpieza, pues no tenían ninguna formación y carecían de la protección adecuada.


La contaminación se extendió en un radio de 80 kilómetros, 628 personas resultaron contaminadas y más de 6.000 estuvieron expuestas.
Hoy, con dos décadas de perspectiva, puede parecernos un desastre típico de los 80, en el que coincidieron fatalmente el descuido en la gestión de los residuos radiactivos y la incultura de quienes hallaron aquel cilindro. Pero... ¿qué impide que una tragedia similar pueda volver a acaecer nuevamente en otro entorno urbano? Sin ir más lejos, en Cádiz, en 1998, una fuente de Cesio-137 se fundió y el accidente no fue detectado en los pórticos de medición de radioactividad. Por no hablar de la ex Unión Soviética, con muchas fuentes de Cesio-137 dispersadas sin control en los años 90 por todo su territorio. A todo el mundo le aterra la posibilidad de un nuevo Chernóbil. Esperemos que un incidente como el de Goiânia, alejado de las centrales nucleares, tampoco vuelva a golpearnos.

1 comentario:

Regina dijo...

Interesantísimo blog.

Un saludo